lunes, 2 de junio de 2014

Como diría Juan Carlos, que los ciudadanos decidan sobre sus propios destinos



Montaje cortesía de Miquel Villanueva.
No dejaría de ser irónico que una dinastía monárquica, la de los Borbones, que se inició con un Felipe, el quinto, allá a principios del siglo XVIII, concluyera con otro Felipe tres siglos después. Sería una suerte de cierre del círculo que tendría su componente poético.
    Ante la marcha de Juan Carlos cabe preguntarse sobre la conveniencia de articular una tercera República, de que la Jefatura del Estado no dependa de la herencia sanguínea ni de derechos centenarios cuyo origen nadie recuerda.
   El sentido de la monarquía en el contexto del tercer milenio es prácticamente banal. La enorme dependencia de la Unión Europea, como ha quedado de manifiesto durante la última crisis económica, ha evidenciado que la unión del Estado español pasa antes por Bruselas que por el palacio de la Zarzuela. La estabilidad la marcan los mercados financieros, los agentes económicos… Las razones que hicieron supuestamente necesaria la monarquía a mediados de los años setenta carecen de sentido en el actual contexto político y económico.
   Ni siquiera la supuesta inestabilidad que ha supuesto el fin del bipartidismo constituye un riesgo para la pervivencia de la democracia, pese a lo que muchos digan. La ausencia de partidos de extrema derecha totalitarios en el arco parlamentario, así como la clara voluntad democrática de los partidos más 'atípicos', léase Podemos, que han irrumpido en el panorama político tras las elecciones europeas, garantizan que lo que está en juego no es la democracia, sino el modelo de democracia. Es decir, el juego está claro. Lo que se discuten son las normas que, muchos, consideran que benefician a los mismos de siempre. Y ése es el debate más sano que hay.

   A diferencia de los anteriores intentos de República, esta tercera partiría de una estabilidad acusada. Aunque el paro alcanza a uno de cada cuatro españoles y las carencias son notables, no estamos, ni de lejos, en el contexto en el que se encontraron nuestros antepasados. La Primera nació en medio de guerras (la primera de Cuba, la Tercera Carlista) y la segunda zaherida por la Crisis del 29 y con los fantasmas de la Revolución Soviética y el ascenso de Hitler en el horizonte, además de unas notables carencias sociales, económicas e industriales.
  Esta tercera nacería en un contexto de unión europea, con una España situada entre los principales países del mundo, porque España, a pesar de lo pesares, se encuentra en el puesto 14 de las economías mundiales con un PIB de 1.388.789 millones de dólares.
   Iniciar la transición hacia un nuevo monarca sin plantearse la conveniencia o no de cuestionar a la población española si desea o no que Felipe sea rey, evidenciaría una desconexión de la realidad y una sordera injustificables y peligrosas. Lo mínimo sería un referéndum. Lo mínimo.
   Decía el rey en su discurso de abdicación que se ha dedicado a trabajar con el afán “de que fueran los ciudadanos los que decidieran sobre sus propios destinos”.
   Quizá va siendo hora de que sean ciertas esas palabras.
   Para hacernos una idea, sólo llegaríamos dos siglos y medio después que los estadounidenses. Por cierto, el símbolo de los republicanos en Estados Unidos, como casi todo el mundo sabe, es un elefante. Una premonición, sin duda.

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