sábado, 16 de febrero de 2013

Un paseo por el parque


   El Parque de Cabecera tenía un aspecto triste. Pese al buen tiempo, entre las doce y las cinco de la tarde de ese sábado no vi la saturación de otros días. Los cisnes, tan cursis ellos, estaban atracados en el pequeño muelle junto a la cafetería. Nadie se subía. 18 euros por un viaje es demasiado dinero en tiempo de crisis.

Los cisnes del Parque de Cabecera de Valencia, tan cursis y tan solos.

    Estaba tomando un cortado con un amigo y hablábamos de la situación del país, del desencanto, del desengaño.
    En un momento dado, mi amigo recordó una experiencia que le habían contado. La de la empresa Campofrío.
    –¿Te gustan sus anuncios?
    –El primero sí; el segundo no –respondí.




    –Forman parte de una estrategia.
    –Imagino.
    –No. No como tú imaginas.
    Y entonces me contó que cuando lanzaron el primer anuncio, el de la tumba de Gila, la empresa se encontraba en una situación complicada. Según me explicó, todo empezó cuando Juan Roig, o más concretamente, cuando Mercadona les anunció que les retiraba un paquete de sus productos de sus supermercados. La noticia se la transmitieron a la directiva de Campofrío a dos meses vista de cerrar un ejercicio. Esa decisión suponía para ellos un golpe en la línea de flotación. Los productos retirados suponían un 20% de su volumen productivo, un 25% de su facturación y un 33% de sus beneficios. El año siguiente sería infernal.
   He encontrado una noticia al respecto. Es lo que tienen los elefantes cuando se mueven en sitios pequeños. Como no tengas cuidado, te chafan.
     En la empresa decidieron reconvertirse. Podrían haber tirado por la vía de en medio y haber despedido a un tercio de sus trabajadores. Es lo que están haciendo ahora el Gobierno, la Generalitat valenciana, las empresas periodísticas... Podrían haber cerrado fábricas. Decidieron reinventarse. Crearon nuevos productos. Se revolvieron y planificaron nuevas estrategias.
     Ahí entran los anuncios. A los de marketing, me explicó mi amigo, les encanta tener miles de impactos publicitarios. Redefinieron objetivos. Mejor un solo anuncio del que todo el mundo hable. Un anuncio bueno que sea viral. El consumidor tiene que identificarse con la marca.
    Desecharon paradigmas que los economistas repiten como mantras, cuales monjes tibetanos. Uno, por ejemplo, que lo barato es malo. Crearon nuevos productos más baratos con su misma marca. Cualquier economista te dirá que si una marca buena quiere lanzar un producto de bajo coste, éste debe salir a la calle con otro nombre, otro collar.
   Así pues, Campofrío desoyó a los expertos del FMI, a los genios de la economía. Y remontaron.
     Lo que más me gustó de la historia es que los de Campofrío no se contentaron con vencer al elefante. Además, se rieron del pisotón.
   –¿Sabes que batieron el récord del mundo de comer salchichas en Valencia?
     He buscado la noticia. Es ésta.
     Aquí está la foto de mi amigo Vicent Bosch.
     Lo hicieron con Oscar Mayer, una empresa del grupo.

Un récord del mundo que no costó dinero a los valencianos; de por sí, noticia. @Vicent Bosch

   –Eligieron Valencia para que Roig lo viera. Me han dicho que su casa está cerca. Con un par. ¿Y sabes que Óscar Mayer es el patrocinador del Valencia Basket? ¿Sabes por qué? Se reunieron los directivos y dijeron: ¿Qué es lo que más le gusta a Juan Roig? ¿El baloncesto? Pues venga. A nosotros también nos gusta el baloncesto.
     Pagué los cortados y seguimos caminando por el parque.
    Nadie se había subido a un cisne en todo ese rato. Mi amigo siguió hablando.
   –A mi empresa le gusta invitar a deportistas y a gente famosa para determinadas reuniones, tener encuentros que ayuden a motivar a la gente.
   –Tengo un primo que trabaja en Leroy Merlín –le comenté –y me ha contado que en una convención de su empresa invitaron a Robinson, el del fútbol. 
    –La mía igual. Pero sabes, este tío, el de Campofrío, me gustó mucho. Y eso que no hablaba bien, oratoria cero, pero todo era materia gris. No era rencoroso. Él nos decía: 'Menos mal que Juan Roig nos pegó esa patada. Gracias a eso aceleramos y conseguimos cambiar'. Me cayó bien el tío. Además, que quieres que te diga, me mola eso de que le hayan plantado un quiosco de salchichas en el campo del Valencia Basket. El tipo nos contó que habían visto a Roig haciendo cola para comprar unos perritos calientes. 
      Ambos sonreímos. 

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