martes, 9 de octubre de 2012

Una muerte (cuento)


Portada de 'Valencia criminal' dibujada por Luis Lonjedo.



Relato incluido en la recopilación 'Valencia criminal', publicado por la editorial El Full. Basado en un hecho real.

La primera persona que se encontró el cadáver fue otro drogadicto, uno de los que se dedicaban a avisar a los «morenos» cuando se acercaba la Policía o, como ellos decían, «a dar el agua». Fue poco antes del amanecer. El drogadicto se acercó a unos setos para tomar su dosis y vio el cuerpo. Informó a los «morenos» y estos decidieron escampar.
Fue un vecino de Mislata, don Anselmo, sesenta y tres años, prejubilado de Telefónica, viudo, con dos hijos, quien dio el aviso. Don Anselmo era de los pocos a quienes no les daba miedo los drogadictos que se congregaban al final del pueblo, en los campos de huerta que rodeaban la pirotecnia Gori. Todo lo más, sentía pena por ellos. Por eso seguía paseando a su perro por allí pese a las reticencias de sus hijos.
Fue su setter quien le dio la alerta, como hacen los canes, dando vueltas en torno al cuerpo.
Al principio no le prestó mucha atención y tardó en percatarse de que algo sucedía, de que el ir y venir del animal en torno a un mismo seto, al que ladraba de manera intermitente, tenía un sentido concreto. Don Anselmo se aproximó entonces y descubrió el cuerpo de David, tumbado de lado, con la boca y los ojos abiertos, lleno de moscas. Retrocedió azorado. Llamó a su perro, lo encadenó y con paso raudo se dirigió hacia la zona poblada.
No llegó a su casa. Llamó desde un bar.
En jefatura dieron parte a la comisaría de la Policía Nacional de Mislata. A Sergio, el inspector que llevó el caso, le avisó un agente que entró en su despacho. No tenía previsto salir a la calle antes de las once y había decidido dedicar la mañana a ordenar papeles. Tomó nota de la descripción del emplazamiento. Se encargó él mismo de llamar a su compañero, Diego, que en ese momento dejaba a sus hijos en el colegio. Le dio quince minutos de margen y le pidió que pasara a recogerle.
Cuando llegaron al descampado les esperaban dos agentes «de motos» de Valencia, que se habían acercado por el revuelo que se había formado, y una ambulancia del samu. Los de la ambulancia les llevaron hasta el cuerpo, que estaba escondido entre cañares, y volvieron a su vehículo. Cuando Sergio se aproximó a ellos, el médico le dijo que no quería certificar su muerte, como ya preveían. Acto seguido, avisaron al juzgado de guardia. Siguiendo la rutina habitual, el juez delegó en el forense el levantamiento del cadáver.
—En el momento en el que veas algo raro me llamas y voy —le dijo.
Mientras aguardaban a que llegase, Diego tomó una nueva declaración a don Anselmo. Por su parte, Sergio y los de motos, que se presentaron como Alberto y Javier, examinaron el cadáver, acotaron la zona y pusieron las marcas de los objetos que habían encontrado a su alrededor: una jeringuilla, algunas dosis de droga, una navaja multiusos y un trozo de papel de plata ennegrecido. Aparte de recoger esos utensilios, decidieron que hasta que llegase el forense no iban a hacer nada más que mirar. Al observar de cerca el cuerpo, Sergio sintió una patada en el estómago. No se acostumbraba a ver fallecidos. Ése se notaba que llevaba tiempo a la intemperie. En los brazos desnudos y en los pies se distinguían mordiscos de ratas.
—Tendremos que sacarlo luego de aquí, pero que lo diga el forense.
Los de motos se mostraron de acuerdo.
Diego terminaba de interrogar a don Anselmo cuando llegó el forense, un pipiolo que aparentaba mucha menos edad de la que tenía. El chico se presentó muy educadamente. Sergio lo conocía por un par de casos y tenía buenas referencias. Se acercaron juntos a la ambulancia donde el médico le explicó lo que había visto. Hacía apenas dos meses que había aparecido otro cadáver en la zona, asesinado. Por eso prefería no certificar él mismo la muerte. Si era otro asesinato, se metería en un berenjenal y no quería problemas. El forense no comentó nada, pero resultaba evidente que lo que subyacía no era tanto un escrupuloso sentido del deber como el deseo de quitarse de encima una complicación. Tras ello, caminaron hacia el interfecto.
—¿Le han registrado por si tiene alguna identificación?
—Esperábamos a que llegase usted.
—Le agradezco la cortesía; ojalá todos fueran como usted —le dijo.
A Sergio le gustó ese comentario. Se acercaron al cuerpo. Los de motos enumeraron lo que habían recogido.
—Está claro por qué había venido aquí —murmuró el forense.
Diego, que sabía de los escrúpulos de su compañero con los cadáveres, le reemplazó y se ofreció a sacar el muerto y hurgar entre su ropa. Le ayudó Javier. El forense les dio unos guantes y se puso otros él mismo. Con ellos ya enfundados palpó la tierra sobre la que había dormido el muerto y comprobó que no lo habían traído de otro sitio.
—No hay marcas de que lo hayan arrastrado —comentó en voz alta.
—Entonces, ¿murió aquí?
El forense se volvió y miró los caminos que conducían hasta el lugar.
—Sí. Debió venir por allí, a juzgar por esas huellas y por cómo se han doblado las cañas en esta zona.
Señaló un sendero de arena que se perdía por la huerta.
—A ojo, ¿cuánto cree que lleva muerto? —preguntó uno de los de motos.
—Más de doce horas seguro —calibró el forense, intentando doblar un brazo del cadáver—; este cuerpo parece un témpano. No tiene signos de putrefacción, con lo que lleva menos de tres días. Entre doce y treinta y seis horas.

Ilustración de Luis Lonjedo.
A pesar del deterioro causado por la adicción, aún se distinguían bien los rasgos de su cara. Más mal que bien, pero se le podría identificar. Los de motos le indicaron un par de tatuajes típicos del talego, un Cristo y un águila con una leyenda debajo sobre la libertad. Uno de los de motos, Javier, señaló los numerosos estigmas producidos por el consumo de heroína en las flexuras de sus codos y en sus antebrazos.
—Joder —silbó—, éste estaba muy jodido —comentó.
—Seguro que tenía el ‘bicho’ —apuntó su compañero Alberto.
«Bicho». Sida. El asesino predilecto de los yonquis. Sergio retrocedió un paso, como si la enfermedad pudiera saltar del cadáver y adherirse a su cuerpo. El forense le leyó la mente.
—Los muertos no lo contagian —sonrió con malicia.
Sergio ladeó la cabeza y le replicó con media sonrisa. No dijo nada. Habría significado lo mismo que reconocer su aprensión, y eso era fatal, un signo de debilidad para un inspector de policía. Hizo de tripas corazón y continuó observando en primer plano unos minutos más. El pipiolo ya no le caía tan bien. «Capullo», se dijo.
El forense hurgó en la ropa del muerto. Encontraron una cartera. La abrieron y hallaron un carné caducado. La cara no era muy diferente de la del cuerpo. Los ojos, los labios y la nariz resultaban reconocibles. Se la tendió a Sergio, quien la asió con cuidado, como si fuera una delicada antigüedad. Tras sopesarla, sacó el carné de identidad y se lo pasó a Javier.
—¿Puedes preguntar en jefatura por este tío? —le preguntó al chico de motos.
Javier asintió.
—Sin problemas.
Éste se acercó a su moto con el carné en la mano. Pidió por radio que cotejaran datos. Les dijeron que tenía antecedentes, como esperaban. Les informaron de que había salido de la cárcel hacía apenas unos meses por razones humanitarias, «bicho». Estaba en la calle con la condicional y se había decretado su busca y captura porque no se había presentado en el juzgado. Javier le devolvió el carné a Sergio.
—Las has clavado —apuntó Sergio señalando a Alberto—. «Bicho».
Él sonrió.
—Este chaval ha palmado de shock anafiláctico —sentenció el forense.
—¿Nada puede hacer pensar que lo han matado? —preguntó Sergio.
—No —sentenció tajante mientras se quitaba los guantes—. Ni un indicio. Con «bicho», sin defensas, habrá reventado a nada que le haya sentado mal el corte de la droga. Siempre pasa lo mismo con estos desgraciados. Los yonquis no mueren. Están ya muertos. La droga los remata.
Dejaron irse a don Anselmo y le dieron las gracias por su colaboración. El forense, tras realizar dos preguntas rutinarias más al médico del samu, le dijo que podían levantar el cadáver y llevarlo al Hospital Clínico de Valencia, donde le practicaría la autopsia. Les pidió sus datos a todos los policías para poder escribir el acta.
—Bueno, me voy a redactar el informe preliminar, que la familia no lo podrá enterrar si no se lo mando al juez antes de mediodía. ¿Se encargan ustedes de buscar a los parientes? —preguntó a Sergio y Diego.
—Sí. Seguramente, sí. Si no nosotros, alguien de uniformados.
—Bueno, pues que les sea leve. Gracias a todos. Y buen trabajo.
Los de motos saludaron su amabilidad.
—Un tío majo —comentó Javier.
Sergio masculló algo en voz baja que nadie entendió. Se despidieron y siguieron haciendo la ronda por la zona.
Sergio y Diego se iban a marchar también pero encontraron algo que les hizo quedarse. Cerca de donde habían estacionado su coche, un tipo había dejado su viejo Golf rojo. Le habían destrozado la ventana del conductor. Esperaron hasta que el dueño del coche regresó. Lo hizo junto a una rubia. Al tipo le cambió la cara al ver a la Policía, tanto que no se enfureció cuando descubrió la luna rota, a la que miró como una incidencia menor.
Sergio les pidió la documentación. Ella sólo tenía una tarjeta de identificación de Instituciones Penitenciarias. «Ésta también está jodida», pensó. Él, un dni caducado. «Vaya pareja», se dijo Sergio, «Dios los cría y ellos se juntan».
—No hemos hecho nada, agente —dijo él.
—¿Habéis visto algo raro? —preguntó tras devolverle la documentación.
—Aquí todo es raro —rio ella.
A Diego le costó contener una sonrisa. Sergio quiso marcar territorio. No le gustaban las bromas a su costa. Fue escueto y severo.
—Ha aparecido un muerto. Tenía un tatuaje de un Cristo en un brazo y uno de un águila en el otro.
Los dos yonquis amorraron.
—Coño —masculló ella.
—¿Sabías de alguien que llevara esos tatuajes?
—No —respondió él.
Diego y Sergio se miraron. Sergio miró de nuevo a los dos yonquis. Estaban sorprendidos, o al menos eso parecía. Si tenían que ver con la muerte, cometerían un error bastante grave dejándoles marchar, pero nada invitaba a pensar que supieran algo. Semejaban sinceros. Les pidieron una dirección para estar localizables, el del coche dio la suya, y les permitieron irse.
—Este sitio no es muy recomendable —les dijo Sergio.
—Sí —murmuró la chica—; sobre todo hoy.
Los dos se subieron al coche. Les vieron partir.
—¿Tú qué crees? —preguntó Diego.
—Que son unos pringados y que no tienen nada que ver.
Fueron a almorzar a una cafetería situada a quinientos metros, cerca de un pabellón polideportivo. Sergio la conocía por un compañero del pueblo. No comentaron nada del muerto ni de lo que iban a hacer. Sí hablaron con el encargado del lamentable estado de los drogadictos.
—El otro día vi a una rusa que era preciosa y ahora da pena —dijo el del bar—. Guapa de verdad. Una lástima de mujer.
—Lo que toman les consume —abundó Diego.
—Parecen espectros. Y además, huelen mal —se quejó el del bar.
Mientras hablaban entró un magrebí al que se le habían caído todos los dientes. Esquelético. Rondaría los treinta y cinco años pero semejaba que hubiese cumplido cincuenta hacía un par de semanas. La ropa estaba sucia, manchada de polvo. Compró una botella de agua y se despidió del encargado y los agentes. Le vieron alejarse, subir la calle. El del bar habló de que ése salía con una chica que se había desintoxicado en el Proyecto Hombre. Llevaban meses sin saber de ella e incluso especularon con su suerte. Volvieron a verla hacía un par de semanas. Iban juntos. Ella ya andaba trastabillándose.
—Creo que se prostituye; bueno, casi todas las que van allí se prostituyen.
—No sé quién puede tener tripas de acostarse con una de ésas.
—Yo las obligaría a pagar a ellas —rio el del bar pero nadie le siguió la gracia.
Sergio y Diego acabaron sus bocadillos. Hablaron de fútbol un rato con el dueño del bar y salieron de allí en dirección a su coche.
Subieron la calle Joan Manuel Serrat en dirección al polideportivo donde habían aparcado el coche. El sol estaba alto en medio de un cielo azul claro. Era un buen día. En el centro de la perspectiva se podía distinguir claramente la silueta del Hotel Hilton, la cota más alta de Valencia, entonces en construcción, recubierto de plástico, y que parecía vigilarles desde la distancia coronado por una grúa. Era el guardián de la ciudad. Enfrente de donde habían aparcado, una inmobiliaria anunciaba con una gran valla publicitaria una nueva promoción de apartamentos y áticos de lujo en la zona, con vistas al Parque de Cabecera.



Lonjedo, en su estudio.



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