miércoles, 10 de septiembre de 2014

El guardián del monstruo

©EFE

No tengo un espacial cariño por los banqueros, pero tampoco una especial inquina. Creo, simplemente, que son comerciantes de grandes cantidades de nada, porque el dinero a final de cuentas es nada, una mera convención. Son diseñadores de contabilidad, taumaturgos de las cifras. Los hay con talento. Los hay creativos. Los hay rigurosos.
Para ser banquero, además de unas condiciones personales específicas (conocimiento de la economía, de la sociedad, de las leyes...) se precisa ser millonario. Los pobres no pueden ser banqueros por mucho que estudien. Esa es la regla. Sólo hay excepciones.
Como creo firmemente en aquella frase de Balzac ("detrás de cada gran fortuna siempre hay un gran crimen") que con tanto tino citaba Mario Puzo en El Padrino, suelo ser una persona un tanto escéptica ante los oropeles de la riqueza. Pero mis prejuicios duran poco. Nadie tiene la culpa de los crímenes de sus padres.
La muerte de Emilio Botín no me ha causado una gran conmoción ni tampoco una alegría. Si hubo un gran crimen que generó su fortuna, fue hace muchos años. Él sólo ha sido el beneficiario de ella. La reacción infantil de algunos políticos españoles riéndose de su óbito la achaco más a un estado de la cuestión, que a una cuestión de estado. A día de hoy los banqueros son odiados porque muchos los consideran los responsables y beneficiarios últimos de la crisis. 
Disiento. No creo que los banqueros sean los culpables de los desahucios. Ellos sólo hacen lo que la ley les permite. El problema es la ley y quienes la han permitido. Durante décadas. Si tenemos una legislación hipotecaria indecente, hay unos culpables claros, los que legislaron, los que fueron sobornados y los que votando o sin votar permitieron (permitimos) que gobernasen los corruptos.
Conforme me voy haciendo mayor mi admiración hacia John Steinbeck crece. A él debemos la mejor cita que he leído sobre los bancos. Está incluida en Las uvas de la ira, su obra maestra, una pieza clave de la literatura del siglo XX.
[...]
Un banco o una compañía (...) no respiran aire, no comen carne. Respiran beneficios, se alimentan de los intereses del dinero. Si no tienen esto mueren, igual que tú mueres sin aire, sin carne. Es triste, pero es así. Sencillamente es así.

[...]
El banco, el monstruo, necesita obtener beneficios continuamente. No puede esperar, morirá. No, la renta debe pagarse. El monstruo muere cuando deja de crecer. No puede dejar de crecer.
Y añade:
[...] No somos nosotros, es el banco. Un banco no es como un hombre, el propietario de cincuenta mil acres tampoco es como un hombre: es el monstruo.
[...]
El banco no es como un hombre.
Sí, pero el banco no está hecho más que de hombres.
No, estás equivocado, estás muy equivocado. El banco es algo más que hombres. Fíjate que todos los hombres del banco detestan lo que el banco hace, pero aún así el banco lo hace. El banco es algo más que hombres, créeme. Es el monstruo. Los hombres lo crearon, pero no lo pueden controlar.
Emilio Botín ha muerto y la prensa internacional habla de él como el creador de un imperio, un emperador. Realmente era un guardián de un monstruo. Lo cuidó bien y le dio de comer y estaba convencido de que el monstruo era necesario para la sociedad. Le hizo crecer, aunque para ello pisara cabezas de familias enteras, empresas, porque el monstruo daba de comer a otras muchas familias enteras, empresas.
Cualquier valoración a su persona que se haga tenderá a ser errónea porque no puede juzgarse a alguien así sin tener en cuenta esa circunstancia que lo altera todo. El mismo mecenas que rescataba cuadros o apoyaba universidades, ordenaba desahucios porque el monstruo lo necesitaba.
Conozco a una persona que lo trataba y me ha hablado bien de él, como persona, que se implicaba, que llamaba a varias sucursales cada mañana para preguntar por los problemas que tenían. Eso es un hecho. Cuidaba bien al monstruo. Creía en él.
Mucha gente le envidiaba por su poder. Otros le admiraban. Otros muchos lo odiaban. En verdad se ama o se quiere al monstruo. Los mismos que hoy le lloran cambiarán sus afectos e irán detrás del nuevo guardián del monstruo, su hija. Es lo que veneran. Los mismos que hoy se alegran cambiarán sus odios e irán contra el nuevo guardián del monstruo. Es lo que odian.
Y el monstruo sigue vivo. El monstruo nos vencerá a todos.

lunes, 2 de junio de 2014

Como diría Juan Carlos, que los ciudadanos decidan sobre sus propios destinos



Montaje cortesía de Miquel Villanueva.
No dejaría de ser irónico que una dinastía monárquica, la de los Borbones, que se inició con un Felipe, el quinto, allá a principios del siglo XVIII, concluyera con otro Felipe tres siglos después. Sería una suerte de cierre del círculo que tendría su componente poético.
    Ante la marcha de Juan Carlos cabe preguntarse sobre la conveniencia de articular una tercera República, de que la Jefatura del Estado no dependa de la herencia sanguínea ni de derechos centenarios cuyo origen nadie recuerda.
   El sentido de la monarquía en el contexto del tercer milenio es prácticamente banal. La enorme dependencia de la Unión Europea, como ha quedado de manifiesto durante la última crisis económica, ha evidenciado que la unión del Estado español pasa antes por Bruselas que por el palacio de la Zarzuela. La estabilidad la marcan los mercados financieros, los agentes económicos… Las razones que hicieron supuestamente necesaria la monarquía a mediados de los años setenta carecen de sentido en el actual contexto político y económico.
   Ni siquiera la supuesta inestabilidad que ha supuesto el fin del bipartidismo constituye un riesgo para la pervivencia de la democracia, pese a lo que muchos digan. La ausencia de partidos de extrema derecha totalitarios en el arco parlamentario, así como la clara voluntad democrática de los partidos más 'atípicos', léase Podemos, que han irrumpido en el panorama político tras las elecciones europeas, garantizan que lo que está en juego no es la democracia, sino el modelo de democracia. Es decir, el juego está claro. Lo que se discuten son las normas que, muchos, consideran que benefician a los mismos de siempre. Y ése es el debate más sano que hay.

   A diferencia de los anteriores intentos de República, esta tercera partiría de una estabilidad acusada. Aunque el paro alcanza a uno de cada cuatro españoles y las carencias son notables, no estamos, ni de lejos, en el contexto en el que se encontraron nuestros antepasados. La Primera nació en medio de guerras (la primera de Cuba, la Tercera Carlista) y la segunda zaherida por la Crisis del 29 y con los fantasmas de la Revolución Soviética y el ascenso de Hitler en el horizonte, además de unas notables carencias sociales, económicas e industriales.
  Esta tercera nacería en un contexto de unión europea, con una España situada entre los principales países del mundo, porque España, a pesar de lo pesares, se encuentra en el puesto 14 de las economías mundiales con un PIB de 1.388.789 millones de dólares.
   Iniciar la transición hacia un nuevo monarca sin plantearse la conveniencia o no de cuestionar a la población española si desea o no que Felipe sea rey, evidenciaría una desconexión de la realidad y una sordera injustificables y peligrosas. Lo mínimo sería un referéndum. Lo mínimo.
   Decía el rey en su discurso de abdicación que se ha dedicado a trabajar con el afán “de que fueran los ciudadanos los que decidieran sobre sus propios destinos”.
   Quizá va siendo hora de que sean ciertas esas palabras.
   Para hacernos una idea, sólo llegaríamos dos siglos y medio después que los estadounidenses. Por cierto, el símbolo de los republicanos en Estados Unidos, como casi todo el mundo sabe, es un elefante. Una premonición, sin duda.

sábado, 16 de febrero de 2013

Un paseo por el parque


   El Parque de Cabecera tenía un aspecto triste. Pese al buen tiempo, entre las doce y las cinco de la tarde de ese sábado no vi la saturación de otros días. Los cisnes, tan cursis ellos, estaban atracados en el pequeño muelle junto a la cafetería. Nadie se subía. 18 euros por un viaje es demasiado dinero en tiempo de crisis.

Los cisnes del Parque de Cabecera de Valencia, tan cursis y tan solos.

    Estaba tomando un cortado con un amigo y hablábamos de la situación del país, del desencanto, del desengaño.
    En un momento dado, mi amigo recordó una experiencia que le habían contado. La de la empresa Campofrío.
    –¿Te gustan sus anuncios?
    –El primero sí; el segundo no –respondí.




    –Forman parte de una estrategia.
    –Imagino.
    –No. No como tú imaginas.
    Y entonces me contó que cuando lanzaron el primer anuncio, el de la tumba de Gila, la empresa se encontraba en una situación complicada. Según me explicó, todo empezó cuando Juan Roig, o más concretamente, cuando Mercadona les anunció que les retiraba un paquete de sus productos de sus supermercados. La noticia se la transmitieron a la directiva de Campofrío a dos meses vista de cerrar un ejercicio. Esa decisión suponía para ellos un golpe en la línea de flotación. Los productos retirados suponían un 20% de su volumen productivo, un 25% de su facturación y un 33% de sus beneficios. El año siguiente sería infernal.
   He encontrado una noticia al respecto. Es lo que tienen los elefantes cuando se mueven en sitios pequeños. Como no tengas cuidado, te chafan.
     En la empresa decidieron reconvertirse. Podrían haber tirado por la vía de en medio y haber despedido a un tercio de sus trabajadores. Es lo que están haciendo ahora el Gobierno, la Generalitat valenciana, las empresas periodísticas... Podrían haber cerrado fábricas. Decidieron reinventarse. Crearon nuevos productos. Se revolvieron y planificaron nuevas estrategias.
     Ahí entran los anuncios. A los de marketing, me explicó mi amigo, les encanta tener miles de impactos publicitarios. Redefinieron objetivos. Mejor un solo anuncio del que todo el mundo hable. Un anuncio bueno que sea viral. El consumidor tiene que identificarse con la marca.
    Desecharon paradigmas que los economistas repiten como mantras, cuales monjes tibetanos. Uno, por ejemplo, que lo barato es malo. Crearon nuevos productos más baratos con su misma marca. Cualquier economista te dirá que si una marca buena quiere lanzar un producto de bajo coste, éste debe salir a la calle con otro nombre, otro collar.
   Así pues, Campofrío desoyó a los expertos del FMI, a los genios de la economía. Y remontaron.
     Lo que más me gustó de la historia es que los de Campofrío no se contentaron con vencer al elefante. Además, se rieron del pisotón.
   –¿Sabes que batieron el récord del mundo de comer salchichas en Valencia?
     He buscado la noticia. Es ésta.
     Aquí está la foto de mi amigo Vicent Bosch.
     Lo hicieron con Oscar Mayer, una empresa del grupo.

Un récord del mundo que no costó dinero a los valencianos; de por sí, noticia. @Vicent Bosch

   –Eligieron Valencia para que Roig lo viera. Me han dicho que su casa está cerca. Con un par. ¿Y sabes que Óscar Mayer es el patrocinador del Valencia Basket? ¿Sabes por qué? Se reunieron los directivos y dijeron: ¿Qué es lo que más le gusta a Juan Roig? ¿El baloncesto? Pues venga. A nosotros también nos gusta el baloncesto.
     Pagué los cortados y seguimos caminando por el parque.
    Nadie se había subido a un cisne en todo ese rato. Mi amigo siguió hablando.
   –A mi empresa le gusta invitar a deportistas y a gente famosa para determinadas reuniones, tener encuentros que ayuden a motivar a la gente.
   –Tengo un primo que trabaja en Leroy Merlín –le comenté –y me ha contado que en una convención de su empresa invitaron a Robinson, el del fútbol. 
    –La mía igual. Pero sabes, este tío, el de Campofrío, me gustó mucho. Y eso que no hablaba bien, oratoria cero, pero todo era materia gris. No era rencoroso. Él nos decía: 'Menos mal que Juan Roig nos pegó esa patada. Gracias a eso aceleramos y conseguimos cambiar'. Me cayó bien el tío. Además, que quieres que te diga, me mola eso de que le hayan plantado un quiosco de salchichas en el campo del Valencia Basket. El tipo nos contó que habían visto a Roig haciendo cola para comprar unos perritos calientes. 
      Ambos sonreímos. 

martes, 9 de octubre de 2012

Una muerte (cuento)


Portada de 'Valencia criminal' dibujada por Luis Lonjedo.



Relato incluido en la recopilación 'Valencia criminal', publicado por la editorial El Full. Basado en un hecho real.

La primera persona que se encontró el cadáver fue otro drogadicto, uno de los que se dedicaban a avisar a los «morenos» cuando se acercaba la Policía o, como ellos decían, «a dar el agua». Fue poco antes del amanecer. El drogadicto se acercó a unos setos para tomar su dosis y vio el cuerpo. Informó a los «morenos» y estos decidieron escampar.
Fue un vecino de Mislata, don Anselmo, sesenta y tres años, prejubilado de Telefónica, viudo, con dos hijos, quien dio el aviso. Don Anselmo era de los pocos a quienes no les daba miedo los drogadictos que se congregaban al final del pueblo, en los campos de huerta que rodeaban la pirotecnia Gori. Todo lo más, sentía pena por ellos. Por eso seguía paseando a su perro por allí pese a las reticencias de sus hijos.
Fue su setter quien le dio la alerta, como hacen los canes, dando vueltas en torno al cuerpo.
Al principio no le prestó mucha atención y tardó en percatarse de que algo sucedía, de que el ir y venir del animal en torno a un mismo seto, al que ladraba de manera intermitente, tenía un sentido concreto. Don Anselmo se aproximó entonces y descubrió el cuerpo de David, tumbado de lado, con la boca y los ojos abiertos, lleno de moscas. Retrocedió azorado. Llamó a su perro, lo encadenó y con paso raudo se dirigió hacia la zona poblada.
No llegó a su casa. Llamó desde un bar.
En jefatura dieron parte a la comisaría de la Policía Nacional de Mislata. A Sergio, el inspector que llevó el caso, le avisó un agente que entró en su despacho. No tenía previsto salir a la calle antes de las once y había decidido dedicar la mañana a ordenar papeles. Tomó nota de la descripción del emplazamiento. Se encargó él mismo de llamar a su compañero, Diego, que en ese momento dejaba a sus hijos en el colegio. Le dio quince minutos de margen y le pidió que pasara a recogerle.
Cuando llegaron al descampado les esperaban dos agentes «de motos» de Valencia, que se habían acercado por el revuelo que se había formado, y una ambulancia del samu. Los de la ambulancia les llevaron hasta el cuerpo, que estaba escondido entre cañares, y volvieron a su vehículo. Cuando Sergio se aproximó a ellos, el médico le dijo que no quería certificar su muerte, como ya preveían. Acto seguido, avisaron al juzgado de guardia. Siguiendo la rutina habitual, el juez delegó en el forense el levantamiento del cadáver.
—En el momento en el que veas algo raro me llamas y voy —le dijo.
Mientras aguardaban a que llegase, Diego tomó una nueva declaración a don Anselmo. Por su parte, Sergio y los de motos, que se presentaron como Alberto y Javier, examinaron el cadáver, acotaron la zona y pusieron las marcas de los objetos que habían encontrado a su alrededor: una jeringuilla, algunas dosis de droga, una navaja multiusos y un trozo de papel de plata ennegrecido. Aparte de recoger esos utensilios, decidieron que hasta que llegase el forense no iban a hacer nada más que mirar. Al observar de cerca el cuerpo, Sergio sintió una patada en el estómago. No se acostumbraba a ver fallecidos. Ése se notaba que llevaba tiempo a la intemperie. En los brazos desnudos y en los pies se distinguían mordiscos de ratas.
—Tendremos que sacarlo luego de aquí, pero que lo diga el forense.
Los de motos se mostraron de acuerdo.
Diego terminaba de interrogar a don Anselmo cuando llegó el forense, un pipiolo que aparentaba mucha menos edad de la que tenía. El chico se presentó muy educadamente. Sergio lo conocía por un par de casos y tenía buenas referencias. Se acercaron juntos a la ambulancia donde el médico le explicó lo que había visto. Hacía apenas dos meses que había aparecido otro cadáver en la zona, asesinado. Por eso prefería no certificar él mismo la muerte. Si era otro asesinato, se metería en un berenjenal y no quería problemas. El forense no comentó nada, pero resultaba evidente que lo que subyacía no era tanto un escrupuloso sentido del deber como el deseo de quitarse de encima una complicación. Tras ello, caminaron hacia el interfecto.
—¿Le han registrado por si tiene alguna identificación?
—Esperábamos a que llegase usted.
—Le agradezco la cortesía; ojalá todos fueran como usted —le dijo.
A Sergio le gustó ese comentario. Se acercaron al cuerpo. Los de motos enumeraron lo que habían recogido.
—Está claro por qué había venido aquí —murmuró el forense.
Diego, que sabía de los escrúpulos de su compañero con los cadáveres, le reemplazó y se ofreció a sacar el muerto y hurgar entre su ropa. Le ayudó Javier. El forense les dio unos guantes y se puso otros él mismo. Con ellos ya enfundados palpó la tierra sobre la que había dormido el muerto y comprobó que no lo habían traído de otro sitio.
—No hay marcas de que lo hayan arrastrado —comentó en voz alta.
—Entonces, ¿murió aquí?
El forense se volvió y miró los caminos que conducían hasta el lugar.
—Sí. Debió venir por allí, a juzgar por esas huellas y por cómo se han doblado las cañas en esta zona.
Señaló un sendero de arena que se perdía por la huerta.
—A ojo, ¿cuánto cree que lleva muerto? —preguntó uno de los de motos.
—Más de doce horas seguro —calibró el forense, intentando doblar un brazo del cadáver—; este cuerpo parece un témpano. No tiene signos de putrefacción, con lo que lleva menos de tres días. Entre doce y treinta y seis horas.

Ilustración de Luis Lonjedo.
A pesar del deterioro causado por la adicción, aún se distinguían bien los rasgos de su cara. Más mal que bien, pero se le podría identificar. Los de motos le indicaron un par de tatuajes típicos del talego, un Cristo y un águila con una leyenda debajo sobre la libertad. Uno de los de motos, Javier, señaló los numerosos estigmas producidos por el consumo de heroína en las flexuras de sus codos y en sus antebrazos.
—Joder —silbó—, éste estaba muy jodido —comentó.
—Seguro que tenía el ‘bicho’ —apuntó su compañero Alberto.
«Bicho». Sida. El asesino predilecto de los yonquis. Sergio retrocedió un paso, como si la enfermedad pudiera saltar del cadáver y adherirse a su cuerpo. El forense le leyó la mente.
—Los muertos no lo contagian —sonrió con malicia.
Sergio ladeó la cabeza y le replicó con media sonrisa. No dijo nada. Habría significado lo mismo que reconocer su aprensión, y eso era fatal, un signo de debilidad para un inspector de policía. Hizo de tripas corazón y continuó observando en primer plano unos minutos más. El pipiolo ya no le caía tan bien. «Capullo», se dijo.
El forense hurgó en la ropa del muerto. Encontraron una cartera. La abrieron y hallaron un carné caducado. La cara no era muy diferente de la del cuerpo. Los ojos, los labios y la nariz resultaban reconocibles. Se la tendió a Sergio, quien la asió con cuidado, como si fuera una delicada antigüedad. Tras sopesarla, sacó el carné de identidad y se lo pasó a Javier.
—¿Puedes preguntar en jefatura por este tío? —le preguntó al chico de motos.
Javier asintió.
—Sin problemas.
Éste se acercó a su moto con el carné en la mano. Pidió por radio que cotejaran datos. Les dijeron que tenía antecedentes, como esperaban. Les informaron de que había salido de la cárcel hacía apenas unos meses por razones humanitarias, «bicho». Estaba en la calle con la condicional y se había decretado su busca y captura porque no se había presentado en el juzgado. Javier le devolvió el carné a Sergio.
—Las has clavado —apuntó Sergio señalando a Alberto—. «Bicho».
Él sonrió.
—Este chaval ha palmado de shock anafiláctico —sentenció el forense.
—¿Nada puede hacer pensar que lo han matado? —preguntó Sergio.
—No —sentenció tajante mientras se quitaba los guantes—. Ni un indicio. Con «bicho», sin defensas, habrá reventado a nada que le haya sentado mal el corte de la droga. Siempre pasa lo mismo con estos desgraciados. Los yonquis no mueren. Están ya muertos. La droga los remata.
Dejaron irse a don Anselmo y le dieron las gracias por su colaboración. El forense, tras realizar dos preguntas rutinarias más al médico del samu, le dijo que podían levantar el cadáver y llevarlo al Hospital Clínico de Valencia, donde le practicaría la autopsia. Les pidió sus datos a todos los policías para poder escribir el acta.
—Bueno, me voy a redactar el informe preliminar, que la familia no lo podrá enterrar si no se lo mando al juez antes de mediodía. ¿Se encargan ustedes de buscar a los parientes? —preguntó a Sergio y Diego.
—Sí. Seguramente, sí. Si no nosotros, alguien de uniformados.
—Bueno, pues que les sea leve. Gracias a todos. Y buen trabajo.
Los de motos saludaron su amabilidad.
—Un tío majo —comentó Javier.
Sergio masculló algo en voz baja que nadie entendió. Se despidieron y siguieron haciendo la ronda por la zona.
Sergio y Diego se iban a marchar también pero encontraron algo que les hizo quedarse. Cerca de donde habían estacionado su coche, un tipo había dejado su viejo Golf rojo. Le habían destrozado la ventana del conductor. Esperaron hasta que el dueño del coche regresó. Lo hizo junto a una rubia. Al tipo le cambió la cara al ver a la Policía, tanto que no se enfureció cuando descubrió la luna rota, a la que miró como una incidencia menor.
Sergio les pidió la documentación. Ella sólo tenía una tarjeta de identificación de Instituciones Penitenciarias. «Ésta también está jodida», pensó. Él, un dni caducado. «Vaya pareja», se dijo Sergio, «Dios los cría y ellos se juntan».
—No hemos hecho nada, agente —dijo él.
—¿Habéis visto algo raro? —preguntó tras devolverle la documentación.
—Aquí todo es raro —rio ella.
A Diego le costó contener una sonrisa. Sergio quiso marcar territorio. No le gustaban las bromas a su costa. Fue escueto y severo.
—Ha aparecido un muerto. Tenía un tatuaje de un Cristo en un brazo y uno de un águila en el otro.
Los dos yonquis amorraron.
—Coño —masculló ella.
—¿Sabías de alguien que llevara esos tatuajes?
—No —respondió él.
Diego y Sergio se miraron. Sergio miró de nuevo a los dos yonquis. Estaban sorprendidos, o al menos eso parecía. Si tenían que ver con la muerte, cometerían un error bastante grave dejándoles marchar, pero nada invitaba a pensar que supieran algo. Semejaban sinceros. Les pidieron una dirección para estar localizables, el del coche dio la suya, y les permitieron irse.
—Este sitio no es muy recomendable —les dijo Sergio.
—Sí —murmuró la chica—; sobre todo hoy.
Los dos se subieron al coche. Les vieron partir.
—¿Tú qué crees? —preguntó Diego.
—Que son unos pringados y que no tienen nada que ver.
Fueron a almorzar a una cafetería situada a quinientos metros, cerca de un pabellón polideportivo. Sergio la conocía por un compañero del pueblo. No comentaron nada del muerto ni de lo que iban a hacer. Sí hablaron con el encargado del lamentable estado de los drogadictos.
—El otro día vi a una rusa que era preciosa y ahora da pena —dijo el del bar—. Guapa de verdad. Una lástima de mujer.
—Lo que toman les consume —abundó Diego.
—Parecen espectros. Y además, huelen mal —se quejó el del bar.
Mientras hablaban entró un magrebí al que se le habían caído todos los dientes. Esquelético. Rondaría los treinta y cinco años pero semejaba que hubiese cumplido cincuenta hacía un par de semanas. La ropa estaba sucia, manchada de polvo. Compró una botella de agua y se despidió del encargado y los agentes. Le vieron alejarse, subir la calle. El del bar habló de que ése salía con una chica que se había desintoxicado en el Proyecto Hombre. Llevaban meses sin saber de ella e incluso especularon con su suerte. Volvieron a verla hacía un par de semanas. Iban juntos. Ella ya andaba trastabillándose.
—Creo que se prostituye; bueno, casi todas las que van allí se prostituyen.
—No sé quién puede tener tripas de acostarse con una de ésas.
—Yo las obligaría a pagar a ellas —rio el del bar pero nadie le siguió la gracia.
Sergio y Diego acabaron sus bocadillos. Hablaron de fútbol un rato con el dueño del bar y salieron de allí en dirección a su coche.
Subieron la calle Joan Manuel Serrat en dirección al polideportivo donde habían aparcado el coche. El sol estaba alto en medio de un cielo azul claro. Era un buen día. En el centro de la perspectiva se podía distinguir claramente la silueta del Hotel Hilton, la cota más alta de Valencia, entonces en construcción, recubierto de plástico, y que parecía vigilarles desde la distancia coronado por una grúa. Era el guardián de la ciudad. Enfrente de donde habían aparcado, una inmobiliaria anunciaba con una gran valla publicitaria una nueva promoción de apartamentos y áticos de lujo en la zona, con vistas al Parque de Cabecera.



Lonjedo, en su estudio.



viernes, 22 de junio de 2012

Canon, Vimeo, la abuela del productor y el nudo gordiano



     El pasado mes de octubre formé parte del jurado de la sección de cortometrajes del festival de cine de Albacete. Durante las deliberaciones Gabriela Martí, directora de cine y directora del Festival Rizoma, criticó un cortometraje por ser un ejemplo más de “la estética Canon”, dijo. No le gustaba la limpieza de imagen de las cámaras digitales de alta definición, su juego de enfoques. Era algo personal, admitió.
     No hubo mucho debate porque el cortometraje, la verdad, es que era bastante malo. No diré nombres.
     Desde entonces, me he fijado y he detectado esa estética. Es verdad. Existe. ¿Quién le diría a los ingenieros de la firma japonesa que iban a suponer una corriente visual en el cine? La mayoría de las producciones independientes se ruedan con estas cámaras. Series de televisión. La revolución estética a través de la ingeniería y la informática. Homo habilis. Homo faber.
     Estoy montando mi primer largometraje. Trabajo con Rubén Soler Ferrer, del colectivo Cápsulas Musicales. He acudido a él a través de mi amigo Manolo Tarancón, alguien de quien siempre pienso que debería verle más a menudo. Manolo Tarancón y él han trabajado juntos mucho. Me gusta el documental ‘La inercia de la costumbre’ de Rubén. Es un trabajo promocional sobre Manolo que acaba convirtiéndose en un relato de nuestro tiempo, de la escena musical española, usando la Comunidad Valenciana como metáfora.


     Rubén trabaja con cámaras digitales. Edita él mismo sus trabajos con un Mac como el que yo he soñado tener alguna vez. Emplea una Canon que es su arma. Las cámaras digitales y los programas de la gente de Steve Jobs le permiten ser libre. No depender de nadie. Tu límite es el dinero del que dispongas. Y si no tienes dinero, hay algo bueno en ser pobre: La crisis no te puede arruinar, ya estás arruinado. Si no tienes casa, no te la pueden quitar. Si no tienes posesiones, no las puedes perder.
     Hablamos de la estética Canon, del preciosismo tramposo de algunas producciones, de los desenfoques…
     —En Cápsulas musicales les llamamos ‘vídeos de Vimeo’ –me dice Rubén.
     Vimeo como canal público. Vimeo con un canal temático de cine independiente. Internet como medio de comunicación. No esperéis al futuro; él vendrá solo.
     Es curioso lo de las cámaras digitales. Baratas, rápidas, fáciles de editar, son muy atractivas para el usuario avanzado o profesional.
     Pero no todo son ventajas. El uso de esas cámaras condiciona, y mucho, los rodajes. Tienen unas peculiaridades que impiden, por ejemplo, los barridos. Así me lo comenta Hwidar. Él, junto a Adán Aliaga y Carla Subirana las han empleado en la película ‘Kanimambo’ que han rodado en África.


     En el caso de Rubén, que rueda documentales, su versatilidad las convierten en aún más atractivas. Te manejas bien. No necesitas mucha preproducción. Recuerdo que Danny Boyle las empleó para ’28 días después’, en las escenas de Londres vacío. Elogiaba esa velocidad de rodaje. Y cuanto más rápido sea la filmación, más barata la producción.
     Es cierto que si no eres muy hábil como cámara, mi caso, algunas grabaciones serán una castaña. Pero lo cierto es que te quita la dependencia de tener un equipo, un presupuesto y un productor. No digamos ya una subvención. No hay presiones.
     El dinero es asustadizo y en tiempos de crisis se vuelve aún más cobarde. Muchas productoras buscan oráculo. El pensamiento encuesta, la glorificación de la idea de masa sobre la de medio, les da supuestas certezas. Se construyen películas sobre conceptos tan vagos como “lo que la gente quiere...”, “lo que la gente piensa...”, como si la gente fuera una docena de tipos que se sientan en el parque de la Avenida Gregorio Gea de Mislata y uno pudiera ir a consultarles.
     En una ocasión un productor valenciano le dijo a un cineasta también valenciano: “Tienes que cambiar el argumento; mi abuela no lo entendería”. Según las últimas informaciones de las que dispongo, la abuela estaba muerta. No diré nombres.
     Ahora nadie se arriesga. Nunca se han arriesgado pero ahora menos. Y en ese contexto, con las ayudas en el limbo, con las cadenas públicas sometidas al terror de las valquirias, hay pocas salidas. Las cámaras digitales abaratan las producciones, son una puerta. Habría que escribir para ellas. Pensando en ellas. Como si fueran actrices, cantantes, divas que pueden levantar una película. La herramienta se convierte así en un censor para el guionista. Un censor amable. Miras a la cámara y ella te dice:
     —Ya sabes, nada de barridos.
     Estar con ellas te ahorra la mitad de la película. Estar con ellas permite que existan producciones que en otro tiempo ni se habrían planteado existir.
     Pero después queda el escollo de siempre: la distribución, la promoción, las ventas.
     Y es entonces cuando me doy cuenta de que el nudo gordiano sigue intacto.